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Entrevista con La Tristura

Decía el tango Acquaforte: "Sentís que hoy podés mirar con pena lo que otro tiempo miraste con ilusión". La joven compañía La Tristura, Premio Injuve 2008, trae a La Casa Encendida su autobiográfica obra Materia prima, que, complementando su montaje previo, Actos de juventud, aborda la forma como vemos nuestra infancia una vez que terminó. En ella, los miembros del grupo, Itsaso Arana, Violeta Gil, Pablo Fidalgo y Celso Giménez, que conviven más allá del escenario, son interpretados por sendos niños nacidos a partir de 2000.

¿De dónde os viene La Tristura?
Amamos la tristeza porque es lúcida, y eso es lo que nos permite ser alegres sin dejar de estar tristes.
¿Qué es para vosotros el teatro?
Un sitio sagrado donde la gente suele estar callada y donde las palabras aún pueden sonar como la primera vez.
Creasteis la compañía en 2004, y desde entonces coméis, trabajáis, dormís y escribís juntos. ¿Qué aporta cada uno de vosotros al grupo?
Si formas parte de una comunidad, no haces exactamente aportaciones, simplemente das tu vida y tu confianza, sabiendo que ahí no se van a reproducir las relaciones de poder que se dan en el mundo, sabes que se va a jugar a otra cosa. Confiamos en que nuestras naturalezas conflictivas, destructivas e inagotables nos mantienen vivos y despiertos para ir siempre más allá.
Se suele decir que sois innovadores. ¿Innova el que quiere o el que puede?
Decía Elliot que todo lo que es nuevo se vuelve automáticamente tradicional. El problema con el teatro es que todos piensan que pueden crear sin conocer la tradición, sin saber quién es Thomas Bernhard, Koltès, Heiner Müller, Romeo Castellucci o Pippo DelBono. Pero una obra de teatro es como una casa que debe construirse lentamente para que no caiga. Nosotros innovamos cuando nos elegimos, cuando tuvimos conciencia de que nadie en la historia se había puesto a crear por las mismas razones que nosotros. Si tú conoces bien la tradición naturalmente vas a crear algo que la haga avanzar, y en esa perspectiva trabajamos, para que el teatro sea distinto después de nosotros.
¿Y os consideráis artistas emergentes o emergidos?
No existen los artistas emergentes ni los maduros. Cuando te pones en movimiento, el mundo desea clasificarte para desactivar tu potencia. Lo único que puedes hacer es seguir trabajando y dejar que las etiquetas pasen de largo.
Hay más de un 40% de paro juvenil, pero a vosotros os va muy bien.
En nuestro primer estreno en Madrid, en El Canto de la Cabra, con poco más de 20 años, se vendieron casi todas las entradas antes de que empezaran las funciones. Años después pasó lo mismo en La Casa Encendida y en Escena Contemporánea. Desde el principio, hemos tenido mucha gente interesada en lo que hacíamos, tal vez por nuestra propuesta artística, o por lo exótico de nuestra juventud. Eso nos hacía sentir algo extraño, algo que estaba entre la alegría y el miedo. Ahora, que ha pasado un poco de tiempo, hemos comprendido que deben amarnos por lo que somos, nunca por lo que hacemos, porque la mayor parte de las veces vamos a equivocarnos. A todos nos gusta gustar, pero no podemos dejarnos llevar por eso. Los halagos pueden destrozar una vida.
¿Cómo son vuestros procesos creativos?
Hay una imagen del inconsciente que no te deja vivir, algo que se crea en tu cabeza y te persigue. Entonces se la cuentas a los demás, y consigues que ellos tampoco puedan vivir ni dormir. La vida se hace insoportable hasta que esa imagen se hace realidad, y te salva, y te conduce a otra imagen. Y vuelta a empezar.
¿En qué consiste el espectáculo que traéis ahora a La Casa Encendida, Materia Prima?
En ella, cuatro niños hacen de nosotros. Nuestras creaciones han ido hacia la infancia, hacia el descubrimiento de la materia y de la palabra, intentamos recuperar esas primeras sensaciones de la vida en las que todo se decide. Estamos empezando una nueva etapa en la que queremos poner en escena a seres imprescindibles, las personas que nos han hecho entender que el teatro sólo tiene sentido cuando es arrasado por la vida. Candela, Siro, Gonzalo y Ginebra hacen de nosotros, pero nos superan en cada una de sus palabras, de sus gestos y de sus silencios.
Son cuatro niños haciendo de vosotros. ¿Cómo ha sido este desdoblamiento de personalidad?
Hace unas semanas los niños empezaron a contarnos el plan que habían hecho para sus vidas, nos dijeron que dentro de un tiempo, con 15 años más o menos, formarían una compañía, escribirían sus propios textos y tal vez finalmente acabarían contratándonos. Nos quedamos callados, no pudimos decirles nada.
Esta obra complementa vuestro anterior montaje, Actos de juventud, que a su vez cerraba vuestra Trilogía del Fin del Mundo. ¿Hay algún mensaje concreto que queráis transmitir con todos estos trabajos?
Lo que jamás debería hacer un creador es rebajar la vida más de lo que lo está. Lo único que queremos es que cada uno se responsabilice de sí mismo, y logre verse como un ser único e increíble. Dicho esto, el teatro tiene el cuerpo, la piel, el accidente, la asamblea, la palabra, todo lo que hace falta para salir a la calle a hacer la revolución.
¿Llegará el día en que os separéis?
Nos separaremos cuando alguien sea capaz de separarnos. Por otro lado eso es lo único que podemos desear, porque eso significaría que esa persona ha traído algo más importante que lo que ya teníamos.

Texto: Julieta Primoy

Materia prima, el 29 y 30 de octubre en La Casa Encendida

Radicales libres, el 9 de octubre, en Matadero Madrid, Nave 16 (Festival Sismo) 

La Tristura: Tempo