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Mana Neyestani. Viñetas en el exilio.

Cómo iba a imaginar Mana Neyestani (Irán, 1973) que la cucaracha parlante de uno de sus cómics infantiles desataría la ira de la minoría azerí de su país y provocaría una revuelta con víctimas mortales hostigada por el propio gobierno, encantado de desviar la atención de sus prácticas abusivas.

El bicho le costó al autor meses de cárcel y un penoso exilio que por fin ha terminado en París. “Fue todo un enorme malentendido, se malinterpretó la viñeta”. En su libro Una metamorfosis iraní relata la historia de maravilla y sin revanchismo.

Más que a La Metamorfosis, lo suyo se parece a El Proceso. Sí, pero ambas obras giran en torno a insectos, y lo que más interesa aquí: ambas tratan el tema de la identidad. Un día, Samsa se levanta y se da cuenta de que ya no es un hombre, cosa que nos resulta familiar en un sistema dictatorial, donde suele producirse un alto grado de deshumanización. Se te impone un sistema que te niega tus derechos humanos, aunque tú te empeñes en repetir que te son intrínsecos como persona. En Irán, yo era un dibujante de cómic al que, de repente, se le acusó de racista y se le metió en prisión, y al que luego se abocó a convertirse en fugitivo y emigrante ilegal.

Pese a todo, en Una metamorfosis iraní hay dosis de humor. ¿Se necesita para digerir una historia tan dramática? No he dotado a la historia de más humor que el que tuvo en realidad. Como dibujante de cómic, mi trabajo es quedarme con el lado estúpido de las cosas, para sacarle provecho en mis historias. Pero seguramente tengas razón en que algo como esto se asimila mejor con unas risas. También me sirve para distanciarme de la historia.

Y el cómic, ¿es un buen canal para hablar de algo tan duro? Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Te sirve para simplificar la complejidad social, política y filosófica, aunque, por esto mismo, ni el público ni el autor deben olvidar que en un cómic no están contemplados todos los aspectos que componen un tema. Incluso en su mejor versión, solo muestra una parte de un asunto, la enfatiza o exagera.

¿Qué tiene que pasar en Irán para que se instaure una democracia real? Ni un politólogo profesional te respondería una pregunta tan difícil, ¿y pretendes que te lo conteste un simple dibujante? La verdad, creo que se requiere tiempo. Necesitamos practicar la democracia. Que poco a poco, toda la sociedad se empape de sus instrumentos y procesos. Y el debilitamiento del régimen vendrá con la libre circulación de información, por tanto debemos trabajar esta vía. El gobierno ha prohibido los periódicos reformistas, ha censurado el Arte y ha intentado bloquear páginas web, que constituyen la única ventana a la libertad. La mejor ayuda que se puede ofrecer a Irán, y los países occidentales están en condiciones de brindarla, es mantener esas ventanas abiertas. El resto correrá a cargo de los iraníes.

¿Cómo perciben ustedes, los intelectuales iraníes, las relaciones de Europa y Estados Unidos con el gobierno de su país? Lamentablemente, los gobiernos occidentales prestan más atención al programa nuclear iraní que al escaso respeto que se tiene allí por los derechos humanos. Las sanciones internacionales por la política nuclear suelen perjudicar a los ciudadanos, los empobrecen. Y no creo que se pueda esperar que una revolución causada por la pobreza desemboque en una democracia. Ésta mantendrá el sistema totalitario, aunque sea con otra mecánica.

Durante su exilio, desde que dejó Irán hasta que llegó a París, se topó con el bloqueo de las políticas de inmigración de los países occidentales y con la mafia. ¿Cómo fue aquel viaje? Una pesadilla, no te lo recomiendo. Me rechazaban una y otra vez en las embajadas occidentales, veía cómo la gente le pagaba miles de dólares a las mafias para cumplir el sueño de ponerse a salvo en algún país. Viví humillación, mentiras, deshumanización… Viví la metamorfosis de Irán fuera de Irán.

Dejó a los suyos en su tierra. ¿Viven amenazados? Queda mi madre. No, ya no está amenazada.

¿Cómo es su vida ahora, sigue siendo el mismo de siempre? Vivo como refugiado político en Francia. No sé si soy un nuevo Mana Neyestani. Creo que soy el mismo pero con más experiencia, quizá más maduro y con más heridas.

A la vista de todo esto, ¿merece la pena declararse disidente? Como dicen los franceses, “C’est la vie”. Esto no es como comprar fruta en el mercado, no se puede separar la buena de la mala. Hay que asumir lo negativo y lo positivo, la suerte y la desgracia. Amo mi trabajo, y por eso acepto sus daños colaterales. 

Texto: Paloma F. Fidalgo.

Una metamorfosis iraní (Editorial La Cúpula).

 

Mana Neyestani. Viñetas en el exilio.