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El Lazo Americano

Por Benjamin G. Rosado

Es uno de los comisarios independientes más respetados en España y, desde hace unos meses, director artístico del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). Tras la muestra de Carlos Garaicoa en el CA2M, Agustín Pérez Rubio (Valencia, 1972) acaba de inaugurar en el Centre d'Art la Virreina en Barcelona 'Modus Vivendi', una amplia retrospectiva de la obra de la artista francesa Sophie Calle.

En octubre de 2015 participará, además, en la programación paralela de los Juegos Panamericanos de Toronto 2015 con un proyecto, Nuevas coordenadas para las Américas, en la que colaboran Michael Snow, Tania Bruguera, Alfredo Jaar, Amalia Pica y el colectivo Tercerunquinto, entre otros artistas.

¿Cómo han sido estos primeros meses en Argentina?
Buenos Aires es una ciudad con una oferta cultural apabullante. Aquí siempre hay algo diferente que hacer. Desde su fundación en 2001, el MALBA se ha venido consolidando como un centro de referencia. Pero no quiere vivir de las rentas y, en ese sentido, mi primer año aquí está planteado como un periodo de transición que nos permita mirar al futuro para hacer frente a los problemas y desafíos del SXXI.

¿Cuáles son esos retos?
Muchos y de muy diversa índole. La pregunta sigue estando en el aire. ¿Qué es el arte y para qué sirve? La responsabilidad de instituciones como el MALBA no consiste en ofrecer respuestas sino en permitir que las preguntas sigan formulándose una y otra vez. Porque al final serán los artistas los que aborden, desde temáticas estéticas diferentes, los problemas de este mundo. No creo, como se dice en ocasiones, que el arte haya muerto. Cada época tiene un lenguaje acorde a determinadas preocupaciones. Lo que sí es cierto, es que cuanto más adverso es el panorama sociopolítico, más necesitamos a los artistas.

¿Faltan lazos de hispanidad entre instituciones culturales de España y América Latina?
Por alguna razón la palabra hispanidad me produce urticaria. Quizá porque lo que en España se llama Día de la Hispanidad en Argentina se conoce como el Día de la Raza. Dicho lo cual, más que puentes o lazos, que nunca vienen mal, lo que hace falta es un verdadero interés y respeto por las idiosincrasias del lugar donde se programa.

El contexto de una exposición es importantísimo, porque de ello depende el porqué, el cómo, el cuándo... Lamentablemente España sigue apostando por los grandes nombres y ofreciendo sus tradicionales paquetes ministeriales de itinerancia por el mundo. Da igual si el museo está en América, Asia o Europa. En cambio, los programas que se hacen desde los Centros Culturales de aquí están más imbricados con la realidad del lugar. Doy fe de ello.

¿Cuánto ha afectado a dichosa crisis al mundo del arte?
Mucho y a todos los niveles. Yo mismo me he visto obligado a emigrar para encontrar una salida laboral coherente con mi trayectoria. Era imposible vivir en España como comisario independiente con un par de proyectos al año. Y como yo, muchísima otra gente. Conozco a artistas que, tras pasar por el Reina Sofía, han tenido que volver a su pueblo, a casa de sus padres, porque no podían pagar el alquiler. Los recortes criminales, el IVA abusivo, las gestiones ineficaces, las injerencias políticas... Todo eso ha pasado factura. Prometieron, además, una Ley de Mecenazgo que al final ha quedado en agua de borrajas.

Muchas de estas cuestiones se abordaron en Encuentros de ARCO...
En efecto. Natalia Majluf, directora del MALI (Museo de Arte de Lima) me invitó a una mesa de trabajo titulada Compartir colecciones, adquisiciones conjuntas y redes de circulación. Hablamos sobre las ventajas de compartir colecciones, no como préstamos para una exhibición temporal, sino como propiedades paraticipadas por varios museos. Es algo que se está intentando hacer desde hace mucho tiempo, entre la Tate Modern, por ejemplo, y el MOMA, y que permite a los museos hacer frente a los precios inasumibles del mercado.

¿Sigue siendo el arte una buena inversión?
Carezco de esa perspectiva económica. Porque para mí un cuadro, una escultura o una videoinstalación es una inversión intelectual que nos hace pensar, conocer y nos emociona. Su valor reside en su capacidad para cambar a la gente, que ya no es la mima después de esa experiencia. Lo que no impide que, además, pueda resultar una buena inversión en términos estrictamente económicos.

El lazo americano