Advertisement

cabecera_XL

xl_enfermo_imaginario

El Enfermo imaginario

El teatro, “la casa de la verdad” como lo define el dramaturgo Juan Mayorga, ha entrado en el siglo XXI mucho mejor de lo que salió del XX. Tanto comercial como artísticamente ha vivido 10 años de impulso. En el caso de Madrid, la segunda juventud de los musicales sumada a la proliferación de salas alternativas ha traído una sana combinación de dinero, espectáculo y creatividad. En 2005, último año con cifras nacionales cerradas, fueron al teatro en España más 13 millones de personas, cuatro millones más que en 1998. En ese mismo intervalo de tiempo la recaudación se ha disparado desde los 90 millones de euros hasta los 217 y el número total de representaciones ha pasado de las 40.000 a las 60.000. 

La oferta se ha diversificado y su calidad media ha conservado a un público fiel al tiempo que ha atraído a uno nuevo, probablemente harto de “experiencias enlatadas” en palabras de Albert Boadella. Los grandes festivales en otoño y en verano gozan del favor del público, la palabra crisis ya no define al teatro y la enfermedad agónica que siempre se le pronosticó se ha transformado en la vitalidad, y algunos de los desequilibrios, propia de un adolescente... de varios miles de años de edad. Este es un pequeño resumen de los últimos 10.

Musicales: Segundas partes siempre son las mejores
Jesucristo Superstar trajo a Madrid las luces del gran musical en 1975 que vivió su primera edad de oro hasta mediados de los 80. A partir de ahí, el desierto. Hasta 1997, año en el que el desaparecido productor Luis Ramírez, acertó con El hombre de la Mancha y despertó al león dormido, el musical: su obra rompió récords de recaudación con más de 2.000 millones de pesetas en 1998, más de lo que consiguió el éxito del cine patrio de ese año, Torrente. Sin embargo, serán otros los que hagan que la gran bola de nieve engorde. Desde México, Julia Gómez Cora, llegó sola a Madrid con una maleta y abrió la oficina de CIE, hoy llamada Stage. Desde entonces, la fiebre del oro: La Bella y la Bestia, El Fantasma de la Ópera, Cabaret o Mamma Mia han llevado su sello: traducción de títulos anglosajones, presupuestos crecientes (el primer Jesucristo Superstar costó 12 millones de pesetas; Los Productores 8,5 millones de euros) calidad y ambición. Desde 2001 hasta hoy el 40 por ciento de la recaudación teatral española corresponde a los musicales. Sin embargo, y tras el subidón de Hoy no me puedo levantar, el género vive días de ajuste y nada de lo que se estrena sobrevive más de una temporada.

Grandes autores para grandes obras...
“No se programan autores españoles vivos” era una de las grandes críticas que se le hacía a la escena madrileña. “Ahora mismo eso ya no tiene sentido”, afirma uno de los actores estrella del momento, Asier Etxeandía. “Ahí tienes a Mayorga, o a Yagüe estrenando constantemente”. Efectivamente, todos ellos han conseguido trayectorias sólidas en esta última década, reconocidas por la crítica y el público y los grandes taquillazos corresponden, básicamente y musicales aparte, a autores patrios en perfecto estado de salud. La Trilogía de la Juventud o Café, de Javier G. Yagüe, llenó durante años la Sala Cuarta Pared y muy probablemente convenció a mucho público joven de que ir al teatro era una experiencia que no debía perderse. El Tricicle, Les Luthiers o Els Joglars consiguen porcentajes de ocupación media del 90 por ciento, según los anuarios de la SGAE. Yllana y su, entre otras, 666, Animalario, con La boda de Ana o Marat Sade, Antonia San Juan con Otras mujeres o la Sala Mirador y su Katarsis del Tomatazo, que ahora cumple ¡13 años! en cartel, han demostrado que prácticamente en cualquier ámbito, drámatico o cómico, comercial o alternativo, los autores españoles han traído ideas y público frescos a las salas. En este sentido una de las obras pioneras fue Arte. Teatro puro, de palabra, diálogo e interpretación; entretenimiento que no embrutecía, que llenó las arcas de sus productores y que lanzó las carreras de actores como Ricardo Darín. Esta misma fórmula de calidad comercial fue la que permitió un experimento como innovar estrenando de forma simultánea, y con éxito arrollador, en Madrid y Barcelona. Ese fue el caso de Jordi Galcerán y Tamzin Townsend con El Método Gronholm que superó los 600.000 espectadores entre ambas capitales y logró mantenerse en cartel tres temporadas, algo sumamente difícil en una cartelera caracterizada por el cambio y la voracidad
.

... y grandes fiascos para grandes problemas
El empresario teatral Alejandro Colubi, que sabe mucho de éxitos y algo de fracasos confesó una vez a El Duende que “para recuperarte de un fracaso necesitas varios éxitos”. Y es cierto que en la Gran Vía, además de bombillas y colores, hay también cubos de basura. Es paradigmático el caso de Hello Dolly, una ruina comercial a pesar de su elegante factura artística, o el de Cantando bajo la lluvia, que no había por donde cogerlo. Espectáculos como Los Productores o Mar y Cielo no tuvieron el apoyo del público y salieron con más pena que gloria de la cartelera. Y la programación de según qué teatros, como el Real Cinema o el Avenida, les ha dejado a las puertas del cierre o de la reconversión en tiendas de ropa. El mismo que inició el camino de los musicales, Luis Ramírez, falleció entre deudas y problemas tras estrellarse con Grease. Asimismo intentos de compañías reputadas como El graduado de El Animalario o Mamá quiero ser artista de La Cubana se hundieron tras un buen primer mes. En otra escala, infinidad de compañías y salas pequeñas sobreviven prácticamente de subvenciones y un puñado de espectadores fieles, mientras que otras grandes se quejan de la competencia, que ellos consideran desleal, de los festivales de gran tamaño pagados con dinero público.

Nuevas salas, nuevas tecnologías, nuevas ideas
Una mayor cantidad de público y de obras representadas han llevado a los medios a comparar, de forma un tanto engañosa y forzada, a la Gran Vía madrileña con el Broadway neoyorquino o el West End londinense. Más bien se trata de una dignísima miniatura a la que le falta aún mucho camino por recorrer. El primer paso sí se ha dado, aunque haya sido algo más corto de lo que podría haber sido: la infraestructura teatral en Madrid ha mejorado ostensiblemente. Desde la aplicación de las nuevas tecnologías en la venta de entradas a la reconversión física de los locales: los antiguos cines se han convertido en grandes teatros como el Lope de Vega, el Rialto, el Coliseum, el Gran Vía o el Nuevo Alcalá y junto a ellos, su versión “off” también ha experimentado un auge extraordinario. Salas como Alfil, Cuarta Pared, Pradillo, Triángulo o Mirador son referencias indiscutibles y auténticos laboratorios de ideas. La iniciativa pública ha recuperado el Valle Inclán, renovado el María Guerrero y proyectado el Teatro Canal, interminable y polémico. Mientras, grandes proyectos como la reapertura del Príncipe y la creación de la sala más grande de España en Príncipe Pío siguen varados sin que se vislumbren ni fechas ni soluciones.


Texto: Luis Pérez Gil.

En foto: La Carnicería Teatro

El enfermo imaginario