MI UTOPÍA
 
Por Rubén Arribas · Ilustración Paloma Asensio
 
No existe otra palabra que pueda reemplazar a utopía. Tal vez sea porque los sinónimos no existan como nos hicieron creer. Porque las palabras se construyen con el tiempo, se enriquecen con lo que otros vieron en ellas, y aquellos que dejaron sus marcas en el arte y la cultura. Pero sobre todo las palabras crecen en nuestro interior y se hacen nuestras con lo aprendido y transitan con nosotros en el camino de lo vivido y experimentado. Mi utopía huele a universidad, a filosofía, a Platón, a Tomás Moro, al Marqués de Sade, a Serrat, a Aldous Huxley o a Eduardo Galeano. Tiene alas negras, como un cuervo, cuando toca la política y se transforma en inspiración, en mariposa, en el infinito incierto del amor. Sabe a ella, porque nunca será mía, ni yo lo quiero.
 
Es el horizonte abstracto e inalcanzable que necesito para respirar cada día. Jamás la esperanza, ha sido un sinónimo ni siquiera un concepto parecido, porque mi utopía no se espera, sino que se camina hacia ella, como el que sube a lo alto de una montaña sin final para ver desde un poco más arriba. No es anhelo, aunque se alimenta de ilusión y desengaño. No es fantasía, aunque parte de la imaginación, su destino impresionista es tan real como el de un sueño. No es un futuro ideal, ni es perfecta, ni es melancolía. No es un bello lugar, sino más bien el viaje sin final, ni principio de un hombre asustado. Es el regreso al útero materno, y son mis hijos. Es aquí y es ahora.
 
Por Rubén Arribas

Mi utopía