Javier Montes

El beso no besado

No sé si soy el único en pensar que a veces el mejor beso es el que no llega a darse. O que su mejor parte puede ser justo el momento antes del pegado de labios y los días (y los años) que van después, cuando apretamos el replay de la memoria y besamos y volvemos a besar ese beso que en el momento supo a poco. O al menos, en todo caso, que su anticipación y su recuerdo.
Y no hablo sólo de los malos besos. Por supuesto que hay besos pésimos y besadores letales que parecían estupendos de lejos (y hasta de cerca) y que sin embargo en el beso revelan su verdadera naturaleza de torpes, creídos o pedantes. Hay quien nos encantaba antes del beso y nos repele después o incluso durante.

Los besos son conversaciones; y a veces, como las conversaciones, no acaban de fraguar, se mueren después de trabarse con muchas ganas y ya no se retoman. Un amigo mío tiene un test para eso: si mientras besas estás pensando en el beso, el beso es malo. Si uno es dolorosamente consciente de los esfuerzos propios o ajenos para encontrarle un hueco decoroso a los dientes, los labios y la lengua -que de repente se han vuelto pedazos de madera muerta-, es que el beso está fracasando.  
Lo malo es cuando el beso es estupendo, se da exactamente a quien se quiere (y se quiere besar) y a pesar de todo nos deja algo tristes, sospechando que es un sustituto pobre de un acto de unión con el otro (y no, no hablo de ese otro acto de unión) para el que desgraciadamente la naturaleza no nos ha dado el órgano que necesitaríamos. A la hora del beso, Proust se quejaba de la mala colocación de los ojos (que no ven el propio beso), de la nariz (que se interpone y a veces se tapona) y de lo defectuosos que resultan los labios. Lo decía cuando intentaba explicar por qué le decepcionó su primer beso con su amada Albertina: largo tiempo esperado, por fin conseguido, perfecto en su estilo y sin embargo inexplicablemente frustrante: "Había creído que puede darse el conocimiento a través de los labios. No había pensado que al hombre, criatura evidentemente menos rudimentaria que el erizo de mar o la ballena, le faltan sin embargo aún un cierto número de órganos esenciales, y no posee ninguno adecuado para el beso. Suple ese órgano ausente mediante los labios, y con ellos obtiene un resultado seguramente más satisfactorio que si tuviese que acariciar a su amada con un cuerno. Pero los labios, hechos para llevar hasta el paladar el sabor de lo que les tienta, deben contentarse, sin comprender su error y sin reconocer su decepción, con vagar por la superficie y golpearse contra el cierre de la mejilla impenetrable y deseada."
Cuando leí esto a los dieciocho, me alivió ver que no era el único que se había quedado algo desilusionado con la mecánica recién estrenada del beso. En realidad, lo de Proust es una versión más elaborada de ese "¡Te comería enterito/a!" que todos hemos dicho alguna vez a la persona amada y que tiene un significado más literal de lo que fingimos pensar. ¿Quién no ha sentido por un momento, antes o durante o después del beso apasionado, el deseo de ir más allá, de romper "el cierre de la mejilla impenetrable y deseada"?  
Y sí, claro que eso son manías adolescentes, neuras que se curan o por lo menos se entierran con la edad. Por supuesto que con los años uno aprende a apreciar lo que tiene. Y desde luego que a veces el beso no es sucedáneo de nada y por un segundo espléndido sentimos que no somos personas que besan sino beso puro: la encarnación fugaz de una especie de Gran Beso Único que flota en el aire desde el principio de los tiempos y que va saltando, sin interrupción, de boca en boca a lo largo y ancho del mundo, posándose en parejas que se relevan sin saberlo para que no deje de haber nunca alguien que se besa de verdad en algún lugar.
O eso, por lo menos, me ha dado por pensar alguna vez, después de uno de esos besos (casi) perfectos. Para consolarme y no pensar que hemos nacido demasiado pronto y nos falta por desarrollar el órgano que nos libre de ese resquemor del beso no besado.

Javier Montes (Madrid, 1976) vive actualmente en Brasil, donde prepara su próxima novela. Colabora con diversos medios, entre otros, el suplemento cultural de ABC, Letras Libres, Revista de Libros (coordina la sección de Arte y Estética), Revista de Occidente. Ha publicado el ensayo La música de Shakespeare (Glossa/Círculo de Lectores, 2009) y junto a Andrés Barba La ceremonia del porno (Premio Anagrama de Ensayo 2007), así como la novela Los penúltimos (Pre-Textos, Premio Pereda de Novela 2007). Ha traducido obras de Shakespeare, Dickens, Apollinaire, Pasolini y Rachid O.

 

El beso no besado. Por Javier Montes.