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Una historia de violencia 
Entrevista a Lynne Ramsay
Por María Aller
 
No sólo con el dulce se atrae a la concurrencia. De hecho, el público lleva tiempo rechazando proyectos almibarados. El pasado festival de Cannes dio cuenta de ello: en la Sección Oficial hubo un regusto amargo. Y fue cerrada por Lynne Ramsay, que tampoco cayó en el azúcar. Presentaba En realidad, nunca estuviste aquí, su último largometraje seis años después de Tenemos que hablar de Kevin.
 
La escocesa repite la fórmula del desasosiego, pero cambia los ingredientes por completo: aquí se decanta por un trabajo más abrupto, con un nivel de dificultad más alto. Ahora el resultado es más concentrado, apto para paladares más selectos. La cineasta presenta el siguiente menú: Joe es un antiguo veterano de guerra que se dedica a salvar a mujeres que son explotadas sexualmente. Un político se pone en contacto con él porque su hija ha sido secuestrada. Y hasta aquí podemos contar.
 
Para que el thriller alcanzara el sabor requerido había que contar con una pieza de alta calidad para cocinar. Y en el mercado dio con un ejemplar de lujo: Joaquin Phoenix, al que la directora ha sabido macerar con tiempo y mimo para acertar con el aroma idóneo de antihéroe. Si la película es un cúmulo de ingredientes bien cocinados, Joe, su personaje, es consecuencia de sus traumas: su paso por la guerra en Afganistán, un padre duro en la infancia o una vida adulta compartiendo piso con su madre. 
 
El hecho de ser vecinos en Nueva York les ayudó a la hora de ir calentando fogones. 'Joaquin llegó pronto a la preproducción', comenta. 'Aunque estaba hasta arriba, siempre encontraba un hueco para ir a su casa y hablar sobre el personaje. Lo discutimos muchísimo'. Joe es un héroe 0a lo James Bond' al que decidieron despojar de sus herramientas para no caer en clichés. La directora quería mostrar algo físico, pero sin exhibirlo. 'La película comienza con una violencia más mecánica y se acaba centrándose en el personaje principal', dice. 
 
Lynne hace suyo un componente que raras veces falla: la violencia. Pocos aditivos son tan socorridos para llamar la atención. Ella ha sido mañosa a la hora de guisar con mesura, de ahí que no haya recurrido al rebozado en sangre y haya preferido fusionar la ira en la mezcla, dejándola calentar.  Aunque fue incluyendo nuevos toques en el guión, se ha decantado por la contención: 'Vivimos en un mundo muy explícito y no quería caer en eso. En la película ves las consecuencias de algo que ha sucedido con anterioridad. De esa forma da más miedo e impacta más que siendo explícita'. Los retazos violentos han sido bien aderezados, pero sin pasarse para que el resultado tenga fondo. 
 
La cinta se basa en la novela corta de Jonathan Ames, pero ella ha dado su toque personal. 'El libro contenía una temática más mafiosa. Me atrajo la historia, pero consideraba esa parte de la mafia menos relevante. En el mundo en el que vivimos hay política, hay corrupción… Lo veo más interesante al ser más importante'. Y la inspiración le ha venido de más ámbitos.
 
'Veo muchos documentales, y observar tantas materias que te muestran el trasfondo oscuro de la sociedad me ha influenciado bastante para la película. Actualmente no sabemos lo que está pasando alrededor y las noticias nos sorprenden constantemente'. Su película mantiene ese abismo, aunque al final es el retrato de alguien torturado que descubre la verdad a la vez que el espectador.
 
No es Scorsese ni Winding Refn. Es Ramsay y su propia destreza. Es consciente de que su último plato no puede gustar a todos los comensales. 'Si eso sucede, malo', admite.  
 

Una historia de violencia