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Harry Dean Stanton en Lucky
Harry Dean Stanton en Lucky

Lucky. Una película modesta, frágil y a la vez recia como su protagonista, el genuino Harry Dean Stanton.

Con el street food instalado en nuestra agenda de ocio gastronómico, la fruta y verdura frescas, los pescados de lonja y las carnes al corte para paladares exquisitos, los mercados de abastos se convierten en la mejor opción para disfrutar de una buena comida después de haber llenado el carro de la compra

Dicen que La Boqueria es el mejor mercado del mundo. No solo por los 500 años de historia que arrastra este lugar de culto en el corazón de Las Ramblas, ni por el hecho de que si ellos no lo tienen es que no existe, ni siquiera por su papel de catalizador en el boom gastronómico que ha vivido la cocina en las dos últimas décadas...

Ya en sus tres álbumes previos, la banda Egon Soda, uno de los versos más libres del rock español, había cargado las canciones de contenido social y ambición literaria. Ahora, redoblan el voltaje en lo primero, El rojo y el negro del título no va por Stendhal

Sidecars es lo contrario a producto industrial. La evolución de Gerbass, Juancho y Ruly tiene bastante más que ver con barro, insomnio y carretera que con una estrategia trazada en hojas de excel. Por eso su público - tan auténtico como sus botas Chelsea- ha conseguido que la banda de Alameda de Osuna cuelgue 'Sold Out' hasta cuatro veces en La Riviera

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Sobres frases, locura y guardar silencio en los conciertos
 
Por Rubén Arribas Foto Alphabet of light by BIG
 
Hay frases que solo sirven para decorar documentos de marketing y nuestras redes sociales y otras que se meten tan dentro que conspiran con tus principios y se apoderan de tus ideales. Hay frases que sirven para conocer el nombre de un poeta sin profundizar ni en una sola de sus rimas y frases que te abren el universo de la emoción de la lectura de una obra completa o de toda una biografía. A mí un día me asaltó inesperadamente una frase, se me puso delante con una navaja, seguramente buscando algo en Google y me pegó un puñetazo.
 
La tradición es la transmisión del fuego, no la adoración de las cenizas clamaba y atribuía su autoría a Chesterton. La verdad es que vino en un momento en el que estaba harto de tanto guardián de la tradición que rezumaban miedo en su autoritaria intransigencia porque habían renunciado a la pasión en aras de sentirse más seguros. Y encima a mi Chesterton me gustaba, aunque me hiciera suspender un examen por elegir su texto en lugar de uno de Henry James. Pero no tuve la suerte de encontrarme esa frase en su obra.
 
Inmediatamente compartí la frase en mi whatsapp, mi muro de Facebook e hice un diseño para colgarla en Instagram a modo de imagen. Chesterton el periodista, viajero y escritor al que apodaban con mucha belleza y tino como el 'príncipe de las paradojas'. Pero cual fue mi sorpresa cuando descubrí que, aunque muchos le atribuyen esta concatenación de palabras al bueno de Chesterton, su autor de verdad fue Gustav Mahler, el compositor y director de orquesta austriaco que hizo de la ironía sonora su arte. Un hombre o un genio al que muchos llamaban loco mientras el manifestaba que su música no sería apreciada hasta cincuenta años después de su muerte.
 
Porque su tiempo estaba en el futuro. Ese futuro que hoy inunda las redes sociales con músicos indies que claman por el silencio en los conciertos como forma de respetar su arte. Esa misma lucha que fue la obsesión de Gustav Mahler, la de convertir cada concierto en una liturgia a la que uno se entregara en absoluto mutismo y que le procuró tantos enemigos en los palcos de la alta sociedad austriaca donde ir al teatro y la música era solo una excusa intrascendente para socializar. Porque el pasado y el  futuro también confluyen en espiral. Como aquella otra frase de Mahler que hoy nos suena tan extinguida y superada 'Soy tres veces extranjero: un bohemio entre austríacos; un austríaco entre alemanes, y un judío ante el mundo'.
 
Hoy descubro que la frase, esa hermosa metáfora sobre la tradición, igual tampoco era de Mahler sino que la dijo el 21 de enero de 1910 en el parlamento francés el pacifista Jean Jaurès, asesinado en un café de París tres días antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. No nos engañemos, son solo frases que mueren en el propio muro de nuestro marketing si no somos capaces de escuchar en el silencio de nuestra soledad el legado de Mahler, Chesterton o Jaurès para que el futuro no vuelva a repetirse. 
 

Sobre frases, locura y guardar silencio en los conciertos