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Diego Manrique. Las letras de la música

Desde que Radio Nacional nos privó del placer de escuchar su Ambigú, a Diego Manrique, esa institución del periodismo musical español, lo podemos leer en El País. Ahora recopila, en el libro Jinetes en la tormenta, los artículos más destacados de los que ha publicado en las páginas de ese diario en los últimos cinco años. Una auténtica joya.

¿Cuántos discos tiene?

Tengo un sótano lleno de vinilos –los tenía en un piso hasta que hace un par de años se le resquebrajó el suelo por el peso, imagínate-. Y también tengo una casa, en la que prácticamente no se puede entrar, con los discos que más uso. De todos modos, no soy el típico coleccionista que persigue tener mucho de un determinado artista: prefiero tener un poco de todo. Si ahora mismo me encontrara, por decir algo, un CD de bandas de heavy metal filipinas de la época de Imelda Marcos, me interesaría por él, aunque no me guste especialmente el heavy. Y es que me pueden las historias, y estoy seguro de que un grupo con ese perfil, las tendría.

Y los discos que tiene, los tendrá dedicados…

No, no soy de esos. Me da vergüenza pedir a los músicos que se hagan fotos conmigo o me firmen autógrafos. Si tengo algún disco firmado, es porque he pedido al artista que me lo dedique como táctica de acercamiento para una entrevista. Posiblemente sí que tenga firmado alguno de Leonard Cohen, de los tiempos en que no era tan conocido en España, cuando podías estar horas de charla con él. Por cierto que es lo más inteligente, seductor y educado del mundo.

Esas son las cosas que nos gustan a los fans, que nos cuenten batallitas de nuestros ídolos. A mí también me gusta contar historias de ellos a las que solo el periodista tiene acceso y sirven para desmitificarlos. Por ejemplo, me gusta contar una experiencia que tuve con Paul McCartney y me pareció repugnante: en una mesa redonda con varios periodistas, sus responsables de prensa nos dijeron que no iba a firmar ningún disco, y resultó que no lo hacía porque corría el riesgo de que los vendiésemos en eBay revalorizados. Siendo uno de los hombres más ricos de Inglaterra, ¿cómo puedes ser tan tacaño como para preocuparte por los cuatro duros que pueda sacar de ahí un desgraciado?

A los fans de Dylan los ha cabreado un par de veces...

El fan de Dylan es especialmente peligroso. Su amor por su ídolo linda con lo religioso, y son tan incondicionales que te niegan lo evidente. Sobre todo los nuevos, que no tienen más referencia que el último Dylan, y te dicen que ese hombre aún canta bien y reinventa sus canciones, cuando lo que está haciendo es matarlas –sobreviven porque muchos intérpretes hacen versiones bonitas de ellas-. E incluso más fundamentalistas son los fans de Springsteen. Los de Dylan suelen tener algo más de cultura musical, pero los de Springsteen se limitan a seguirlo a él.

¿Qué artista le ha defraudado en persona y cuál superó sus expectativas?

En general, y aunque suene arrogante, los artistas te decepcionan, y se debe a toda la trampa que hay tras ellos. Solo puedo hablar de un caso de alguien que es infinitamente mejor como persona que como músico, y es Joaquín Sabina. Por mucho que se esfuerce, lleva trece años sin hacer un buen disco, desde 19 días y 500 noches. Sus trabajos son feos de diseño, malos de producción y en ellos conviven canciones sublimes junto a otras impresentables. Pero como persona es de lo más inteligente, cordial, amistoso y generoso que te puedas imaginar. Está constantemente repartiendo los derechos de autor con gente que quizá no haya utilizado más que un verso de una canción suya.

Ya que ha mencionado a un español y usted vivió tan intensamente la Movida, ¿con qué artista se quedaría de entonces?

Siempre he tenido mucha simpatía por Auserón. Es una mente en ebullición, absolutamente asombrosa, ¡y además es guapo! En los años ochenta intuyó que España no era nada sin América Latina, que era como un corazón al que le falta la mitad. Aunque también hizo cosas posiblemente estúpidas como romper Radio Futura, un error histórico.

En solitario, los experimentos que hizo en Juan Perro, si los hubiera podido presentar en el paquete de Radio Futura, entrarían mejor. Y es que en la música se aplica el valor de la marca registrada: en Pink Floyd había un señor que se llamaba Roger Waters, la cabeza pensante, que inventó The Wall, Animals, etc. Pero en un momento se creyó tan importante que se fue. Y en adelante no se comió un colín, mientras que a los que se quedaron les fue de maravilla.

¿Un periodista debe hacerse amigo de un artista?

Es muy mala idea, porque terminas convirtiendo en su cómplice, disculpas sus errores, eres parte de su maquinaria publicitaria. Y el público te paga y no lo puedes engañar. Tal vez el artista ha hecho un disco de mierda porque el guitarrista se ha vuelto yonki o el batería ha roto con su mujer. Pero eso son explicaciones, no argumentos; tú debes decir que el disco es una mierda. Lo que pasa es que cuando criticas a un artista nacional de los que te sueles encontrar, habitualmente se cabrean muchísimo contigo, aunque un par de años después reconocen que tenías razón.

Yo siempre he dicho que no sé adivinar cuáles son los discos que van a tener éxito, pero tengo un olfato cabrón para los que van a fracasar. Hace tiempo nos llevaron a Londres a ver a un cantante negro, Michael Kiwanuka. Los de la discográfica nos dijeron que iba a ser un caso como el de Amy Winehouse, pero yo les dije que no, porque, aunque me gustaba y lo pinché en la radio, no tenía suficientes canciones. Y así fue, hoy no es nadie.   

Texto: Paloma Fidalgo. Ilustración: Nuria Cuesta.

Jinetes en la tormenta (Espasa, 2013).

Diego Manrique. Las letras de la música.