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EL CINE DEL SIGLO XXI
 
Series de televisión: no hablamos de otra cosa. Que si Jon Snow está vivo o muerto. Que si no hay forma de superar The Wire. Que si la primera de True Detective es muchísimo mejor que la segunda. ¿Que todavía no has visto The girlfriend experience? ¿Ni Míster Robot? Que si HBO, que si AMC, que si Netflix. Que si el pánico al spoiler en las redes sociales. Que si me pasé el domingo en pijama, comiendo pizza y viendo la nueva temporada de Transparent de un tirón.
 
Si tenemos en cuenta que los reality shows y los talent shows también son series, con sus protagonistas y sus temporadas, no hay duda de que se han convertido en la gran conversación social, sólo igualada por el fútbol y la política. ¿Cómo ha podido ocurrir en tan poco tiempo? Porque Los Soprano y El ala oeste de la Casa Blanca se estrenaron en 1999: en menos de veinte años el fenómeno se ha convertido en una auténtica máquina desaforada de generar productos de todos los niveles.
 
Si tuviera que establecer periodos diría que son tres. Primero, las grandes series que hoy consideramos clásicas, casi todas del sello HBO, a principios y mediados de la década pasada. A continuación, en el cambio de década, las series manieristas de AMC, sobre todo dos: Mad Men y Breaking Bad. Y, a partir de 2013, la irrupción de un nuevo modelo, el de Amazon (con la ya mencionada Transparent) y Netflix (con House of Cards y Orange is the New Black), que liberan las temporadas de golpe y se cargan ochenta años de emisión televisiva y varios siglos de espera del próximo capítulo del folletín. 

 
No es casual que esas tres fases se correspondan con sellos, con marcas, con mecanismos de la industria del espectáculo. Por supuesto que hay nombres propios; entre tantísimos otros: David Simon, Vince Gilligan o Jill Soloway, en el ámbito del guión y la creación; y James Gandolfini, Jon Hamm o Robin Wright, en el de la actuación. Pero aunque esas personalidades sean fundamentales, se inscriben en una vasta red de agentes de la producción audiovisual, de técnicos y ejecutivos, de actores y actrices secundarios y expertos en márqueting y en transmedia.
 
Nos fijamos en el canon, en las grandes series que han hecho o están haciendo historia, pero a su alrededor proliferan brutalmente todo tipo de obras menores, de puro consumo, que se disfrutan y se olvidan. La gasolina que alimenta el motor de la Estrella de la Muerte. Porque hablamos de un imperio en expansión. A las tradiciones más sólidas de series de calidad, como la británica, que en los últimos tiempos nos ha regalado al menos dos obras maestras (Sherlock y Black Mirror) se le ha sumado en los últimos años la explosión de las series nórdicas e israelíes, y proyectos desafiantes en Francia, España, Italia, Colombia, Argentina, Australia, Nueva Zelanda...
 
Ya casi no quedan países que no se hayan incorporado al imperio de las series de calidad, esos relatos en píldoras que se adaptan perfectamente a las pantallas que nos reflejan, que nos seducen, que nos rodean.  
 
* Jorge Carrión es escritor y autor de Teleshakespeare (Errata naturae) 
* La viñeta, de Memorias de un hombre en pijama (Astiberri) de Paco Roca
 

El 'cine' del siglo XXI