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Añorando Brooklyn
 
Por Paloma F. Fidalgo · Ilustración: Nuria Cuesta 
 
Eduardo Lago (Madrid, 1954) se estrenó en 2006 con su primera novela, la extraordinaria Llámame Brooklyn, que acaba de reeditar Malpaso en versión revisada y con la que obtuvo tres Grand Slam: el Premio Nadal, el de la Crítica de Narrativa Castellana y el Ciudad de Barcelona. Llevaba ya dos décadas viviendo en Nueva York, y allí dirigía el Instituto Cervantes, además de ejercer el periodismo literario entrevistando a tótems como Foster Wallace o Martin Amis
 
¿Cómo ha cambiado el barrio de Brooklyn desde que publicó usted esta novela? Ha cambiado de tal manera que hoy resulta irreconocible. Se han borrado, por ejemplo, barreras raciales antes infranqueables. Lamentablemente, está siguiendo los pasos de Manhattan, en el sentido de que se está convirtiendo en un lugar inane y un tanto disneyzado. Pero como dictaminó Koolhaas, la esencia de Nueva York consiste en cambiar radicalmente sin perder su naturaleza, que tiene algo extraordinariamente provocativo y vital. Es una ciudad dura, en la que es muy difícil abrirse paso. El Brooklyn de mi novela corresponde al pasado. 
 
Los paisajes urbanos son muy importantes en el texto. Son paisajes vividos, y también paisajes leídos. Se echan los ingredientes en bruto a la imaginación y tras un largo proceso en el que no conviene inmiscuirse de manera excesivamente consciente, cristalizan los resultados, que se sacan del horno y se dejan enfriar en la página. Pero todo lo que describo lo he vivido en algún momento.
 
¿Qué podemos aprender de la industria y la crítica literarias de Estados Unidos? En Estados Unidos la literatura está altamente profesionalizada, y la industria editorial altamente codificada. Hay espacio para todo tipo de escritores, y también hay dinero. Es un negocio, y lo que cuentan son los beneficios. En este proceso se pierden muchos talentos primerizos. Es un mundo despiadado y fascinante. Las agencias literarias, tanto las grandes como las de menor entidad, las editoriales, todo el ejército de intermediarios, ya sean editores (me refiero a quienes intervienen los textos, incluso de autores de primer orden), agentes, publicistas… Básicamente, España reproduce servilmente, solo que a pequeña escala, todo este universo editorial norteamericano.
 
Dentro de aquel universo gigantesco hay una parcela pequeñita denominada literatura. También se da el caso en el que autores 'literarios' que mueven enormes cantidades de dinero, incluidos escritores de extraordinaria dificultad en algunos textos, como es el caso de Pynchon, entran en la feria de las ventas. Es muy difícil deslindar lo que es verdadera literatura de obras cuasi-literarias que dan el pego. A alguna, incluso le dan el Pulitzer, perpetuando la confusión.
 
El mundo de los 'best-sellers', por otra parte, es sumamente interesante de por sí. Esta cuestión es casi tan compleja como la del realismo y la llamada metaliteratura. De la crítica literaria anglosajona convendría aprender muchas cosas. Claro, nosotros somos un pequeño país, y el 'establishment' literario no sólo está anquilosado, sino que hay muchos apaños y disimulos, y el lector está a merced de un sinfín de intereses cruzados, y no sabe a qué atenerse, sólo sospecha que le dan gato por liebre todo el rato.
 
Hay autores de gran renombre que publican una mala novela, y entonces pasan dos cosas: por un lado la crítica revalida su prestigio, olvidando el consejo de Updkike: juzga la obra, no la reputación; por otro, están las críticas llenas de inquina, por mil motivos, algo tan poco útil como la alabanza ciega. Entre nosotros no suele darse un caso como el hecho de que Geoff Dyer le dé un palo contundente, pero magníficamente razonado, a Julien Barnes, un inglés destroza a otro en las páginas del The New York Times. ¿Lo mejor? Que Barnes encaja el golpe con deportividad. Aquí, si un escritor le hace eso a otro se genera un odio siciliano que se perpetúa durante generaciones. Tenemos mucho que aprender; es un problema de pequeñez intelectual.
 
Como periodista, ha entrevistado a Philip Roth, Salman Rushdie, David Foster Wallace… De vez en cuando me tocaba entrevistar a algún escritor comercial, con poco talento literario, pero la verdad es que recuerdo pocos, por no decir ninguno, que no fueran fascinantes. John Grisham, por ejemplo, es una máquina de fabricar millones. Lleva décadas aplicando su fórmula y nunca falla. Recuerdo muchas entrevistas, conversaciones más bien, que me afectaron profundamente. Con Don DeLillo, a quien entrevisté dos veces, con Doctorow, a quien vi otras tantas, con Czeslaw Milosz, poco antes de su muerte, con John Ashbery, un poeta inmenso, con Norman Mailer, una fuerza desatada de la naturaleza, con Edward Said, de una lucidez y un sentido de la justicia admirables, y así hasta una treintena.
 
Son entrevistas en profundidad, aunque luego me pedían reducir una conversación de tres horas a 700 u 800 palabras, con Martin Amis, por ejemplo. Debería escribir un libro reuniendo mis entrevistas. Son muchas y entre todas constituirían un curioso canon. Lo interesante es que todos te llevan a 'la cocina del infierno' y te describen el complicado proceso de escritura, que es muy distinto según qué escritor lo lleve a cabo.
 
Una entrevista que me resultó particularmente fascinante fue con Tom Waits, que es mago de la palabra, además de un músico extraordinario, con un profundo instinto teatral. Me pasé tres días dando vueltas en coche por los alrededores de Petaluma y al final pasé tres horas con él en un bar de carretera.
 
¿Cómo fue su paso por el Instituto Cervantes de Nueva York, y qué pros y contras tiene esta institución como promotora de la lengua castellana y su actividad? Llevaba 20 años en Nueva York cuando me ofrecieron el cargo, y me lo tomé como una responsabilidad. Sentí que era mi obligación poner en contacto a las fuerzas vivas de expresión hispánica con las anglosajonas. Lo que recuerdo con más agrado fue la colaboración con el PEN, el festival Voces del Mundo, que auspiciaba Salman Rushdie.
 
La rueda de prensa se hacía en el Instituto, al que llegaban más de 200 escritores de todo el mundo, escritores con preocupaciones de signo político, activistas. Dentro de ese marco participaban muchos escritores latinos (hispanos de EEUU), latinoamericanos y españoles. La mezcla era sumamente positiva, y se trataba de infiltrarse en el tejido cultural de la ciudad, cosa que no resulta fácil. Fue una experiencia sumamente interesante, me asomé a mundos que no hubiera conocido, y traté a gente de gran interés en un contexto profesional.
 
¿Nos recomienda una ruta literaria por Nueva York? Voy a improvisar, lo cual es garantía segura de olvidos. Hay libros que proponen itinerarios literarios por Nueva York, y vale la pena comprar uno, estando allí y seguir algunas indicaciones. El sitio adecuado para hacerse con el libro es Strand, en la 12 con Broadway. Me daría una vuelta por Gramercy Park, donde sólo se puede entrar si se tiene llave, pero hay clubes literarios cerca. Me tomaría un Martini en el Hotel Algonquin, en 'mid-town'. Iría a la Biblioteca Pública de la calle 42; visitaría la Morgan Library, y vería lo que se estuviera exponiendo en ese momento.
 
Y me iría a leer el libro de Truman Capote sobre Brooklyn Heights sentado en un banco de la Promenade, después de atravesar a pie el puente de Brooklyn, que hoy está tan atestado de gente como las Ramblas. Y callejearía incesantemente por Manhattan y Brooklyn. La historia literaria de NY es grandiosa y reproducirla callejeando, y yendo a bares, por ejemplo, es fantástico. Yo me iría a Red Hook, barrio antaño oscuro y peligroso. Aún conserva algo del encanto del viejo Brooklyn.   

Añorando Brooklyn