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Un espacio que acoge cerca de 400 imágenes con material documental como periódicos, revistas o prototipos de cámaras, entre otros. La mejor forma de relatar la historia de un siglo de fotografía

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Michael Maslin. New Yorker

Por Paloma F. Fidalgo 
 
Michael Maslin ha publicado más de 700 viñetas en The New Yorker, y es una de las personas que mejor se sabe su historia. Nos la cuenta por entregas en su blog Inkpill, y es el biógrafo de uno de los humoristas gráficos más emblemáticos de la revista, Peter Arno. Y por si esto fuera poca inmersión, también conoció a su mujer, la viñetista Liza Donnelly, en las filas de la cabecera.
 
¿Trabajar en The New Yorker es, para un viñetista, estar en el paraíso? Exacto. Yo me enamoré de la obra de James Thurber cuando era un adolescente, y de ahí nació mi fascinación por The New Yorker. Quería trabajar donde trabajaba mi ídolo. Quería ser parte de esa revista, como decía mi amiga Nancy Franklin, su antigua crítica de televisión. Ser admitido en su plantilla de colaboradores fue un sueño hecho realidad, y no digamos continuar escribiendo todo este tiempo.
 
Usted ya le daba a la viñeta en el colegio, hacía tiras cómicas sobre sus compañeros de clase. ¿Se imaginaba que podría terminar ganándose la vida con ello? La verdad es que sí, porque siendo adolescente ya tenía la intención. Dibujar a mis compañeros de clase me mantenía no solo entretenido sino también alejado de problemas. Muy pronto, siendo muy joven, me ofrecí como colaborador a The New Yorker… y recibí mis primeros 'noes'.
 
¿Fue difícil entrar, entonces? Sí. Estuve mandándoles trabajos entre los 16 y los 23 años, cientos de trabajos. Sin éxito. Pero los rechazos me ayudaron a mejorar, y aún hoy, una de las mejores cosas de mi profesión es sentir que todavía puedo explorar y aprender.
 
Su mujer también es viñetista en The New Yorker, y hasta han escrito juntos una novela gráfica sobre el matrimonio. Suena divertidísimo. Es Liza Donnelly. Y sí, nos lo pasamos genial plasmando en dibujos el matrimonio. Nos sentamos a la mesa de la cocina, y acordamos quién haría cada viñeta. Fue un gran trabajo en equipo.
 
En su blog Inkspill, queda clara su fascinación por esta revista y su historia. ¿Cuáles son sus momentos/viñetas favoritos? Tengo demasiados, lógicamente, como para mencionarlos todos. Me encanta el conjunto de la trayectoria de la revista, su significado y evolución, desde sus primeros años hasta hoy, pasando por su llamada Edad de Oro. Y como momento que más destacaría, me quedo con la decisión del fundador y primer director de la publicación de poner un sombrero de copa de la época victoriana -hoy conocido por todos como Eustace Tilley- en su primer número.
 
¿Quién fue Peter Arno y por qué ha escrito un libro sobre él? Peter Arno fue un viñetista que empezó a colaborar con The New Yorker cuando la revista llevaba solo seis meses en la calle. Con el tiempo, se convirtió en su firma estrella, y como lo calificó Harold Ross, nuestro primer trasbordador Pathfinder. Arno puso el listón gráfico extraordinariamente alto, con unas viñetas de tanta calidad que, gracias a él, los trabajos de The New Yorker se convirtieron en los mejores de todo el sector. Literalmente, salvó a la cabecera de la extinción ya en su primer año de vida, y contribuyó a que se creara toda una cultura en torno a ella, así como en torno al viñetismo y las artes gráficas. Su vida fue, además, tan emocionante como su arte. Me parece una figura tan admirable, tan irresistible, que sentí la necesidad de escribir un libro sobre ella, también porque nunca se había hecho.
 
Se habla de que vivimos una época de excesiva corrección política, y lo que es peor, el año pasado Francia sufrió el ataque de Charlie Hebdo. ¿Malos tiempos para el humor? No. Los tiempos no podrian ser mejores para el humor y los humoristas de todo tipo. El humor es el resorte más importante que tiene el mundo. Cuanto más serio, peligroso y confuso es todo, más lo necesitamos.   

Madurar en el New Yorker