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De vuelta
 
 
Madrid, de ida, es una huida, Madrid, de regreso, es un reencuentro emocionante e intenso. Como el amor de los amantes, Madrid se desgasta con el roce del día a día y alimenta los deseos de otros mares a distancia. Pero tras la separación viene el reencuentro, tras la ausencia parecen distintos los rincones de su cuerpo. Descubrir Madrid es mirar con deseo. Redescubrir Madrid es contemplar para intentar comprenderlo. Enamorarse desemboca en un tsumami de tinta, pero reenamorarse no tiene un poema en todo google.
 
Enamorarse es un presagio gratuito, una esperanza abierta, un motín contra el infortunio, la noticia del primer premio en la lotería. Reenamorarse es volver a encontrarse con los mismos pechos cibelescos, con el mismo culo de Neptuno, a lo sumo alterados por el tiempo, sin un velo inventado en la mirada. Como decía Benedetti, desenamorarse 'es regresar más pobre al viejo enigma y dar con la tristeza del espejo' y volver a enamorase de lo mismo sería algo así como aprender a hallar todo aquello que hemos ignorado en el reflejo.
 
A fin de cuentas el amor es un juego en la mirada, como Alicia perdida en una ciudad repleta de maravillas. Un volver a empezar donde lo dejamos. Porque Madrid cambia y muta pero permanece. Porque hay historias que terminan antes de dar comienzo y otras que empiezan cuando te daban por muerto.

EDITORIAL. Reenamorarse no tiene un poema en todo Google