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En el jardín de Baudelaire 
 
 
En la resaca de las casetas y las firmas literarias pasará inadvertido el próximo 23 de junio, que es la fecha exacta en que se publicó la primera edición de Las flores del mal en 1857. Nadie se acordará de Baudelaire a pesar de la efeméride y de los 160 motivos que justificarían un homenaje y hasta un monumento en el corazón del Retiro. 
 
Tal habrá de ser la suerte del primer poeta maldito de la historia, en palabras del mismísimo Verlaine, que quedó fascinado y conmovido al leer Bendición, el primero de los poemas recopilados en Las flores del mal:
 
Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre espantada y llena de blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada […]
 
A España, Las flores del mal llegó más de cien años tarde y en versiones tristemente apócrifas. Fue tal el desatino de los primeros traductores de Baudelaire al castellano que Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) asumió el reto de la primera traducción seria por pura justicia poética. 'En aquellos días, y estoy hablando del año 76, cayó en mis manos una traducción espantosa de Las flores del mal de Eduardo Marquina, que además de mal poeta era franquista”, cuenta el poeta albacetense en su cita con El Duende. 'Enseguida me puse a trabajar para corregir el despropósito y asistir espiritualmente a Baudelaire'. 
 
Puede que Martínez Sarrión no se hubiera atrevido a sumergirse en el universo baudelairiano (primero para la revista La ilustración poética española e iberoamericana y, más tarde, en la edición referencial de Alianza) sin la complicidad y la salvaguarda literaria de Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, que lo animaron a traducir la colección al completo. 'Se podría decir que Baudelaire es, como permiso de Mallarmé y Valéry, el rosal más espinoso del mundo de la traducción, un peligroso y excitante jardín en el que muy pocos se atreven a adentrarse'. Así reza el famoso Epígrafe para un libro condenado: 
 
Lector apacible y bucólico,
Ingenuo y sobrio hombre de bien,
Tira este libro saturniano,
Melancólico y orgiástico […]
 
Es costumbre editorial equiparar al traductor con el traidor. No tanto por la raíz (latina: traduttore, traditore) como por las derivaciones de una profesión a ratos infausta. Lo sabe bien Martínez Sarrión, que a lo largo de su carrera ha experimentado en su laboratorio con el ritmo, la sintaxis y la métrica sobre los originales de Jean Genet, Arthur Rimbaud y Victor Hugo, entre otros muchos. 'En materia de poesía, me he movido siempre por una norma: olvidar radicalmente la rima del idioma al que se traduce y tratar de conservar el ritmo del poema'. 
 
Para el traductor y poeta de 78 años, autor él mismo de una treintena de libros en todos los géneros, no existe una edad para según qué autor, ni siquiera una evolución en grados de madurez literaria. 'A ningún poeta se le lee igual dos veces”, asevera. 'No sólo nuestra propia biografía determina en un alto grado en alcance de las palabras del poema, sino que cada generación lee a sus clásicos y a sus modernos de manera distinta'. Y añade: 'Baudelaire requiere una cierta actitud, unas dosis de sensibilidad y una gran profundidad de ánimo. Claro que… ¡como todo en la vida!'. Su poema favorito es El viaje, y así comienza: 
 
Para el niño, enamorado de mapas y estampas,
El universo es igual a su vasto apetito.
¡Ah! ¡Cuán grande es el mundo a la claridad de las lámparas!
¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!
Una mañana zarpamos, la mente inflamada,
El corazón desbordante de rencor y de amargos deseos,
Y nos marchamos, siguiendo el ritmo de la onda
Meciendo nuestro infinito sobre el confín de los mares […]
 
Todo traductor de clásicos, y en eso Martínez Sarrión no es una excepción, ha fantaseado con la posibilidad de intercambiar unas palabras con el autor del texto original. 'A Baudelaire no creo que me atreviera a decirle nada si me lo pusieran al teléfono. Supongo, sospecho, que me quedaría en silencio, probablemente de rodillas, esperando a que se manifestara'. Entonces es posible que, como en Elevación, Baudelaire le hablara 'más allá de los soles, más allá de los éteres, más allá del confín de estrelladas esferas…sobre el 'brioso aleteo' del espíritu: 
 
Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras, 
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo 
¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo, 
La lengua de las flores y de las cosas mudas!

En el jardín de Baudelaire