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Pues resulta que todo termina cuando Miqui me propone que escriba su artículo y yo le digo que sí aunque ya no comprendo nuestra amistad, ni siquiera sé si su nombre real es Miqui —me pregunto quién tolera que lo llamen así—, e igual con su apellido, Valenciaga, Valenzuela… 

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MANUEL BAREA
adobo
Ilustración: Alba Blázquez
 
Pues resulta que todo termina cuando Miqui me propone que escriba su artículo y yo le digo que sí aunque ya no comprendo nuestra amistad, ni siquiera sé si su nombre real es Miqui —me pregunto quién tolera que lo llamen así—, e igual con su apellido, Valenciaga, Valenzuela…  y eso que hemos sido amigos desde siempre, el instituto, la carrera, inseparables, uña y carne y esas gilipolleces, pero gilipolleces al fin y al cabo con sentido porque de hecho hay temporadas en las que somos putos siameses y esta es una de ellas: nos conceden la misma beca en la misma universidad, Halmstad, Suecia, y vivimos en el mismo lugar, Strandparken, un camping con días lentos y climatología diseñada por un esquizofrénico, donde tengo migraña y me paso las tardes marrones de julio en mi bungaló leyendo y bebiendo un café asqueroso en cada rincón vomitado por Ikea, como aquella en la que Miqui entra sin llamar...
 
estoy sentado en la mesa de la cocina, me refiero a encima de la mesa, recordando además que un yanqui hundió una de estas mismas mesas follándose a una surcoreana, algo (encontrarme así) a lo que él (Miqui) trata de reaccionar de manera natural mientras me cuenta que necesita un favor, pero —y esto le resulta imprescindible remarcarlo— que no es para tanto puesto que voy a sacar pasta: la cuestión es que Miqui se dedica (entre otras muchas cosas) a escribir artículos para la revista Boating, cuyo redactor jefe, que le contacta cuando toca hacer críticas de embarcaciones escandinavas, desconoce su reciente condición de individuo diagnosticado con talasofobia originada con toda probabilidad en el incidente del reportaje sobre la recreación en el Mar Báltico de unas escenas de la segunda de Piratas del Caribe, que involucra el avistamiento y (según Miqui) ataque de un calamar gigante en el preciso instante en que se libera al Kraken, de modo que ahora, en virtud de una vanidad que, aplicada a una particular noción de la superioridad intelectual, le impide renunciar a firmar artículos en internet (aunque sean sobre putos barcos), prefiere, con tal de seguir apareciendo en búsquedas de Google, ir 80-20 con un negro que escriba el artículo haciéndose pasar por él si de nuevo el encargo es sobre el terreno, en esta ocasión un flamante ferry construido para el ecoturismo en el Mar del Norte, equipado con dispositivos para atraer tiburones peregrinos...
 
Miqui lo describe sin darle importancia pero sé que ansía su dosis, me dice que será una bonita experiencia y yo considero que es una buena excusa para perderlo de vista y le digo que sí y esta será nuestra penúltima conversación, ya que cinco días más tarde estoy en un vuelo de apenas media hora en el que no dejo de pensar en Andreas Lubitz, sumergido a dos mil pies en un cóctel de tinto y ansiolíticos que me facilita los controles de seguridad que se trasladan al barco porque por alguna razón los que organizan esta demostración para los medios piensan que existe la posibilidad de que esto termine como un puto concierto de Ariana Grande, y efectivamente en el interior se desata una fiesta sobre el cristal de un palmo de grosor para ver lo que se acerca entre el bloop de las profundidades...
 
figuras borrosas e informes, trunkos y gambos, y pienso que lo único bueno que ha salido jamás del mar es el adobo y lo peor el puñetero Chef del Mar, y un guía habla sobre el hákarl y yo me siento poco hecho pensando en tejido adiposo descomponiéndose en la orilla, la porquería apestosa que es el cadáver de una ballena varada y la que se lía cuando los gases en sus entrañas provocan que explote espontáneamente, los trozos repugnantes de carne muerta volando en todas direcciones, el salazón de los mercados portugueses, las olas gigantes de Nazaré, los delfines pardos, las medusas encalladas en las rocas de Lisboa, el Tapón de Matalascañas, el Barco del Arroz, que creo alcanzar cuando intento que el agua me llegue a la cintura para mear con marea baja, El Barco del Cachondeo, un cómic que me dibuja mi padre y que es una parodia del Titanic en la que el trasatlántico se va al carajo porque la tripulación prefiere privar a navegar, el agua como Coca-Cola de la playa de Strandparken, a la que voy para ver placas de hielo marino y construir ovnis con arena y una chica que come spéculoos… Eso es lo que le doy a Miqui cuando vuelvo, mitad sueños mitad ganas de colgarme, y él me pregunta qué coño es esto: pues la última vez que hablamos. Abandono Suecia y borro su número cuando me subo al tren.   
 

Adobo. Manuel Barea