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VIOLETA GIL
Nina Simone tenía razón
 
Ilustracion Pedro Sega
 
Nina Simone entró en el bar, se sentó en la barra y sacó un cuaderno. Era la única chica del bar, y los tres hombres de la barra, un camarero y dos bebedores, la miraron mucho. Era junio y la temperatura había subido por fin, 19 grados esa tarde, y Nina Simone había paseado por la playa de Gijón y había metido los pies en el agua. Tenía las zapatillas llenas de arena, claro.
 
Si entre sus cosas hubiéramos encontrado el cuaderno de Nina Simone ahora podría escribir exactamente lo que ella escribió, pero el cuaderno sigue perdido (aunque yo mantengo la esperanza). Nina Simone pidió un café, tomó notas, pidió agua con gas, pero no tenían, pidió un vaso de agua, y cuando fue a pagar se alegró de que no hubieran tenido, le quedaban muy pocos euros en el monedero y en su tarjeta no habría fondos hasta el mes siguiente. Era 21 de junio.
 
Nina Simone tomó rápido el café, terminó un poema sobre el mar en Gijón, pidió la cuenta, dejó poca propina y sonrió a los tres hombres con simpatía pero también con suficiencia. Y se alegró de no vivir en ese país en el que los hombres se sentían con derecho a mirarle las piernas a las chicas que entraban solas en los bares. O a las chicas que caminaban solas por la calle. En Estados Unidos eso ya no pasaba, se dijo, no así, había todo un sistema de amabilidades y censuras que lo impedían, todo era más velado y quién sabe, quizá más retorcido también. Pensó en todas las quejas que tenía de su propio país e intentó tomar una decisión rápida y poco formada, ¿qué país le parecía más posible, mejor? Lo pensó bajito, para que nadie oyera, y para que Ben no pudiera adivinarlo, sabía que le regañaría por su falta de consistencia política. (¿pero cuál, cuál decidió?). Nina Simone subió a la habitación de hotel y se duchó con todas las ventanas abiertas.
 
Desde la más pequeña, la del baño, se veía el fin de la playa y la iglesia de San Lorenzo, aunque probablemente el nombre ella no lo sabía. Después se tiró en la cama a escribir un rato más. Ben llegó en seguida. Meó, se duchó, y se metieron juntos en la cama. Él se quedó dormido instantáneamente. Llevaba un mes de gira por España, tocando de noche, madrugando ridículamente cada día. Nina Simone le decía cada rato que no entendía nada.
 
En el rock no debería estar permitido madrugar, es absurdo, le decía. Cuando Ben me contaba esto tiempo después se reía, y yo le decía, Nina Simone tenía toda la razón. ¿Cómo es posible que aún permitáis que os hagan madrugar? Y entonces se ponía triste otra vez muy rápido, cerraba un poco los párpados y seguía hablando, en voz más baja, de otra cosa, cualquier otro tema que no le recordara a Nina Simone. Yo me quedaba tumbada, mirando el techo y lo dejaba estar, sabía cómo él contaba la historia. Aquella noche en Gijón Nina había querido leerle lo que había escrito, habría querido que se metieran mano también, pero no hubo caso. Ben se despertó al cabo de una hora y se fue corriendo. Nina Simone siguió con él dos meses más.
 
Sé que no es fácil, yo también quisiera haberlo leído, haber sido más rápida y haber entendido mejor la situación. Pero es verdad que durante los años siguientes Nina Simone fue la mujer con la que nos comparó, sin querer, a todas sus amantes.
 
Lo siguiente que supimos de ella fue por una carta de sus padres. Nina era hija de padres chilenos, que emigraron a Estados Unidos durante la dictadura de Pinochet porque ambos eran activamente políticos, abogado, ella, profesor universitario, él. El cambio de país, el desasosiego por su lugar de origen, las muertes de sus amigos y compañeros, las desapariciones de sus amigos y compañeros, el amor por la música, y la deshinibición de los años hippies en el nuevo país les hicieron desear de forma irrevocable llamar a su hija Nina Simone. Y así lo hicieron.
 
No Nina, ni Simona, sino Nina Simone. Y desde el momento que lo decidieron hablaron siempre de Nina Simone, y cuando nació la inscribieron en el registro como Nina Simone Vargas (el apellido de su madre). En la carta decían que Nina había enviado varias copias de su recién publicado libro, y les pedía a ellos que le hicieran llegar una copia a Ben, pero como no tenía una dirección fija suya, pedía que me lo hicieran llegar a mí. Ellos no sabían exactamente quién era yo, pero confiaban en que entendiera el asunto, al parecer, decían, Nina y tú tampoco os conocéis, pero ella te tiene cariño. El libro tenía la portada azul, y en la tercera página decía: “El tiempo más feliz de mi vida, decía Ben, lo pasé con Nina Simone”. Yo también le tengo cariño a Nina Simone.   

Nina Simone tenía razón. Violeta Gil