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Pues resulta que todo termina cuando Miqui me propone que escriba su artículo y yo le digo que sí aunque ya no comprendo nuestra amistad, ni siquiera sé si su nombre real es Miqui —me pregunto quién tolera que lo llamen así—, e igual con su apellido, Valenciaga, Valenzuela… 

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SERGIO C. FANJUL
Submarino
 
Ilustración Nisinino
 
Siempre he tenido miedo al mar, al poder del mar, por eso siempre he dormido encogido contra la pared, bien envuelto en la manta, oyendo como las violentas olas del Cantábrico tratan de derribar esta pequeña casa de pescadores que se encarama al acantilado. Al otro lado del ojo de buey se extiende el campo azul infinito y furioso, a veces pienso que el mar va arrancar este peñasco, hasta llevárselo mar a dentro, hasta las lejanas costas de Irlanda, donde debe de vivir mi padre.
 
Mi padre tenía los dedos tan gruesos que apenas podía rodearlos con mi mano, y la barba enmarañada, y el rostro curtido por el viento y el salitre. Casi no pasaba tiempo en casa, estaba siempre en su barco de pesca, y los pocos días que volvía nos contaba historias sobre el mar, el poder del mar. Yo le preguntaba a papá qué había en el enorme Gran Sol perdido en el Atlántico Norte, donde pasaba la vida, qué le separaba de nosotros, y él me decía, entre sus tremendas risotadas, que no sabía por qué llamaban así a aquel lugar, donde más que sol había brumas, oscuridad, frío y peligro. No hay buen tiempo en Gran Sol, me dijo, solo lo hay menos malo. Pero allí estaba el pescado, mucho pescado, y ahí tenían que ir a buscarlo los pescadores. Y papá era un pescador.
 
A mi madre le decían la bruja, la hechicera, y me contaba otras cosas del mar, del gran abismo que había allí delante de nosotros, de los calamares gigantes que peleaban con los cachalotes a vida o muerte, y de monstruos aún peores, como el Kraken y el Leviatán, como Caribdis y Escila, que tres veces al día tragaba grandes cantidades de agua generando remolinos de los que nadie podía escapar.
 
La última vez que vi a papá se despedía brevemente de mí, rompiéndome en su abrazo, antes de subir al barco que capitaneaba. Los barcos a veces no volvían, y solo volvía la noticia del naufragio. Las familias se vestían de luto y lanzaban una barca al mar llena de velas, como para apaciguar a la bestia que, al mismo tiempo, les daba de comer y les mataba. Un Dios terrible con el que disputábamos cada pedazo de vida, cada día. 
 
Una mañana nos despertaron muy temprano para reunirnos a todos en la plaza del pueblo, cerca del puerto, el cielo estaba blanco de leche, sin matiz, y el suelo húmedo reflejaba ese muro que cubría nuestras cabezas. Todo estaba quieto. Esta vez había naufragado el barco de papá. Según contaron se había despertado una galerna en el Gran Sol que nadie había podido prever y el barco había sido engullido por las profundidades sin remedio, como si fuera un barquito de papel. Nadie había sobrevivido.
 
Me imaginé a mi padre en el fondo del mar, enredado en las algas y en las anémonas, viviendo en el extraño país donde viven los marineros muertos, un país donde el agua es el aire y todo sucede lentamente y en silencio. Me imagine a papá levitando dentro de su barco oxidado, clavado en el lecho marino y traspasado por los peces, con la piel blanca e hinchada, con los ojos cerrados, su barba meciéndose con el suave vaivén de las corrientes marinas. Me imaginé a papá a la sombra de la gran manta raya que sobrevuela ese mundo subacuático.
 
Poco después de la muerte de papá un hombre flaco y huesudo, un amigo de mamá, empezó a frecuentar nuestra casa encaramada en el acantilado. Al principio venía solo algunos días a comer, luego ya empezó a venir a diario y por las noches, y hasta trajo sus cosas para quedarse a vivir con mamá y conmigo. A mí no me gustaba ese hombre.
 
Después de la cena me mandaban a la cama y ellos permanecían aún varias horas en el salón, la luz se filtraba a través de la puerta entreabierta, así como algunos susurros y olores extraños. Una noche, ya tarde, en la que hacía una tormenta que a punto estaba de llevarse volando la casa, decidí comprobar qué hacían en ese salón el mamá y aquel hombre: bajé cuidadosamente las empinadas y crujientes escaleras, ocultando mis pisadas en los truenos.
 
Cuando me asomé, escondido, a la rendija de la puerta, vi como el hombre y mamá manejaban enormes y polvorientos grimorios de magia negra, y bebían exóticos brebajes y decían palabras arcanas con los ojos en blanco y el ceño fruncido. Había una palabra que coincidía con los rayos, otra con los truenos, desde aquella mesa llena de objetos mágicos, velas y pentáculos, podían manejar a su antojo la intensidad de la lluvia, la dirección y la fuerza del viento. Convocar y dominar la tormenta a su antojo.
 
Esa noche salí de casa en mitad de la tormenta y corrí por las calles empedradas abajo, contra el viento y el agua, mientras la lluvia se mezclaba con mi pelo y mi llanto. Era como correr en mitad de un remolino. Y crucé la plaza, y llegué corriendo al espigón del puerto, al borde de las olas, y pensé que debería tirarme de cabeza al mar, al poder del mar rugiente, y viajar allá abajo y allá lejos, al Gran Sol, al silencioso y lento país de los marineros muertos, donde papá seguro que era el Rey.   
 

Submarino. Sergio C. Fanjul