Escaparate del taller Gráfico Eloisa

Cultura Cartonera

Argentina estalló en 2001. Las restricciones de dinero impuestas por el gobierno incentivaron la desesperación y la angustia social reinventó el instinto de supervivencia. El oficio de cartonero se propagó a la velocidad de la luz y la imagen de laberintos humanos en permanente búsqueda de cartón entre contenedores bonaerenses se convirtió en un lugar común. Pero no hay crisis sin imaginación y entre el huracán de pesimismo surgió Eloísa Cartonera. Una cooperativa creada por un grupo de artistas fanáticos de la literatura con el leit-motiv de integrar el histórico y emergente oficio cartonero en el universo literario. Restauraron una antigua verdulería en el histórico barrio de Almagro con una leyenda sin neón que rezaba: ‘No hay cuchillos sin rosas’ y arrancaron el proyecto con el objetivo de editar a los autores más relevantes y selectos del panorama latinoamericano en tapas de cartón y escenografía cartonera. Delicatessen literaria en ornamentación amateur.

“Eloísa es una mezcla de taller gráfico, editorial independiente, imprenta y espacio para el intercambio cultural. Somos trabajadores y agitadores culturales. Creemos en el cooperativismo”, explica Cucurto Washington, escritor argentino y creador del proyecto. El valor monetario que otorgaron al trabajo cartonero fue su primera y principal seña de identidad. Las papeleras argentinas pagaban el kilo de cartón a treinta centavos de peso y la cooperativa desembolsaba 1,50 pesos (30 céntimos de euro) por la misma cantidad –en la actualidad pagan 0,50 centavos por cada caja de cartón–. Una fórmula para fracturar la cadena de explotación laboral y motivar la integración social. Porque son los propios cartoneros quienes pintan con acuarelas las cubiertas de los libros y se embolsan parte de los beneficios de la venta de los 3.000 ejemplares que en la actualidad producen al mes.

Ilustracion Cultura Cartonera

La idea provocó el afecto inmediato de célebres escritores que se apuraron a permitir la publicación de sus textos bajo la firma Eloísa Cartonera. Y para editar a autores fallecidos como Rodolfo Walsh, escritor desaparecido durante la dictadura militar argentina, recurren al acto de justicia. “Walsh es un autor del pueblo, y por eso vuelve a la gente en formato económico”. Así, autores de la talla de César Aira, Ricardo Piglia, Alan Pauls o Fogwill comparten estantería en su nuevo local del barrio de la Boca y en selectas librerías bonaerenses que venden las obras a precio de costo: 5 pesos el ejemplar –1 euro–. “No tengo empacho si digo que creamos los libros más bellos del mundo. Las obras no son finas, ni cuidadas, sino el resultado de nuestro trabajo”, explica Cucurto. Sus creadores huyen del concepto paternalista que se les atribuye de forma sistemática y equivocada y aluden al fanatismo por la literatura y a la necesidad de crear y reinventar la realidad en un momento en el que la imaginación había perdido entusiasmo y la destrucción cotizaba al alza. Cinco años después del prólogo cartonero y de ser pioneros de un proyecto que ha proliferado en multitud de puntos de la geografía latinoamericana, proyectan la publicación de trabajos de García Lorca. “Lo amamos. Antes que latinoamericanos, somos garcialorquianos”.

Txt: Rebeca Queimaliños

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