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Harry Dean Stanton en Lucky
Harry Dean Stanton en Lucky

Lucky. Una película modesta, frágil y a la vez recia como su protagonista, el genuino Harry Dean Stanton.

Leopold Museum Viena Foto Peter Rigaud
Leopold Museum Viena Foto Peter Rigaud

Nos vamos de viaje a Viena para visitar el rastro de Gustav Klimt, Egon Schiele, Otto Wagner y Koloman Moser con motivo del primer centenario de su desaparición.

Con el street food instalado en nuestra agenda de ocio gastronómico, la fruta y verdura frescas, los pescados de lonja y las carnes al corte para paladares exquisitos, los mercados de abastos se convierten en la mejor opción para disfrutar de una buena comida después de haber llenado el carro de la compra

Dicen que La Boqueria es el mejor mercado del mundo. No solo por los 500 años de historia que arrastra este lugar de culto en el corazón de Las Ramblas, ni por el hecho de que si ellos no lo tienen es que no existe, ni siquiera por su papel de catalizador en el boom gastronómico que ha vivido la cocina en las dos últimas décadas...

Ya en sus tres álbumes previos, la banda Egon Soda, uno de los versos más libres del rock español, había cargado las canciones de contenido social y ambición literaria. Ahora, redoblan el voltaje en lo primero, El rojo y el negro del título no va por Stendhal

Sidecars es lo contrario a producto industrial. La evolución de Gerbass, Juancho y Ruly tiene bastante más que ver con barro, insomnio y carretera que con una estrategia trazada en hojas de excel. Por eso su público - tan auténtico como sus botas Chelsea- ha conseguido que la banda de Alameda de Osuna cuelgue 'Sold Out' hasta cuatro veces en La Riviera

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Mercado de futuros
Los pronósticos cumplidos 
de la ciencia-ficción
 
Por Jordi Costa · Imagen Star Wars: Los últimos Jedi 
 
En la recta final de las elecciones francesas, el candidato de la nueva izquierda Jean-Luc Mélenchon hizo gala de un acusado sentido del espectáculo al multiplicarse por siete y aparecer simultáneamente en mítines celebrados en París, Dijon, Montpellier, Nancy, Grenoble y Le Port (Isla Reunión). No era magia, sino ciencia-ficción que había dejado de serlo. O alta tecnología que abandonó el terreno de la hipótesis para entrar en el mercado.
 
Sólo un Mélenchon era real: los otros seis eran proyecciones hologramáticas dignas de un episodio de la serie Black Mirror o del célebre arranque de La guerra de las galaxias, en el que un holograma de la princesa Leia es proyectado por el androide R2D2 ante Obi Wan Kenobi. Pero había una notable diferencia: ese holograma de Mélenchon, que fue posible gracias a la labor de la empresa Musion Events, contaba con una mayor definición y calidad de imagen que el que diseñaron los técnicos de efectos especiales de 1977 para la película de George Lucas.
 
El presente parece estar pisándole cada vez más los talones al imaginario de la ciencia-ficción. Y, de hecho, no está de más saber que Mélenchon no ha sido precisamente el primero en convertirse en un ser de luz capacitado para la omnipresencia. El primer ministro de la India Narendra Modri consiguió llegar hologramáticamente a 140 localizaciones distintas en 2014, el mismo año en que Erdogan se agigantó, sirviéndose de la misma técnica, en una aparición pública que arrastró consigo inquietantes ecos de distopías totalitarias.
 
Desde los mismos orígenes del género, la ciencia-ficción ha utilizado como materia prima para sus vuelos imaginativos lo que el mundo de la investigación tecnológica ya estaba barajando, como bien ilustra el caso de Julio Verne. El autor de 20.000 leguas de viaje submarino no fue tanto un visionario tocado con dones proféticos como, simplemente, un hombre de su época, que puso su poder de fabular en sintonía con el entusiasmo científico de la efervescente era que le tocó vivir: cuando imaginó el cine en su novela gótica positivista El castillo de los Cárpatos (1892), tres años antes de la invención de los Lumière, Thomas Alva Edison y muchos otros ya estaban plenamente enfrascados en el desarrollo de la tecnología de la imagen en movimiento.
 
 
Hubo quien, al llegar el año 2000, se preguntó dónde estaban los coches voladores, quizás sin caer en la cuenta de que, por aquel entonces, otros prodigios como la videollamada que Stanley Kubrick había presentado en sociedad en 2001, una odisea del espacio (1968) ya eran una realidad y que incluso algunos terrícolas podían hacer uso de ella mediante estos aparatitos tan familiares que a los trekkies les recuerdan sumamente al tricordio que usaban los tripulantes del Enterprise: los teléfonos móviles. También funcionaba a pleno rendimiento esa red de redes que Isaac Asimov había imaginado en su serie de artículos 71 visiones de futuro, publicados entre 1974 y 1980.
 
Si hubiese sobrevivido hasta nuestros días, el autor de Yo, robot (1950) no daría abasto: se lo rifarían todos los debates televisivos sobre las consecuencias para la clase obrera del ingreso del robot en la vida laboral. Nacido en una obra como R.U.R. (1921) de Karel Capek, el robot finalmente acabará dejando su huella en otras sigas: E.R.E. En un texto publicado en 1964, Asimov ya había aventurado un año 2014 que, realmente, se parece mucho al que hemos vivido: un mundo hipercomunicado, pero marcado por la desigualdad.
 
A la ciencia-ficción no hay que juzgarla por el acierto en sus predicciones tecnológicas. Siempre habrá quienes estemos eternamente agradecidos al género más por sus deslices que por sus aciertos: la mejor forma de adivinar la fecha de una película futurista sigue siendo el precario diseño de los gráficos de ordenador que aparecen en los monitores de sus naves espaciales, ingenios donde algo tan avanzado como la biotecnología puede ir de la mano del apaño nivel Spectrum.
 
En realidad no hay autor serio y respetable del género que no pueda presumir de predicciones cumplidas: si H.G. Wells fantaseó con la bomba atómica, Ray Bradbury lo hizo con las casas inteligentes, la realidad virtual, la videovigilancia callejera y las pantallas planas. Con el turismo espacial a la vuelta de la esquina y las prótesis robóticas acercándonos al cyborg, ahora podemos entender en su plenitud esa vieja frase que decía que el futuro es… ya.   

Los pronósticos cumplidos de la ciencia ficción