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Jorge Franco. Ilustración: Nuria Cuesta.

Jorge Franco
El triunfo de la obstinación

Santa suerte (Seix Barral, 2012) habla de tres mujeres intentando sobreponerse a los golpes de la vida.

Santa suerte se ambienta en Medellín, una ciudad acosada por el narcotráfico y la violencia. ¿Es la situación tan terrible como la pintan los medios? ¿Hasta qué punto la suerte condiciona a una persona  en ese entorno? Aunque no se especifica, Santa suerte está ubicada en un tiempo pasado, tal vez a finales de los ochenta, comienzos de los noventa y avanza un poco hasta la actualidad. Pasa por ese Medellín turbulento, sacudido por la presencia del narcotráfico. Hay que reconocer, sin embargo, que Medellín ha cambiado. No todos los problemas están resueltos y todavía quedan muchas herencias de la cultura mafiosa pero al menos hoy hay más conciencia del entorno, de las causas y las consecuencias de la presencia de lo narco en la sociedad. No sabría decir si es tan terrible como la pintan los medios porque para mí una sola muerte violenta ya es suficientemente terrible. Y sí creo que el destino de alguien está relacionado con el entorno en el que nace. No es lo mismo haber nacido en Sarajevo, Ruanda o Medellín que nacer en Fráncfort, Berna o Estocolmo. No quiero decir que exista un mejor sitio para nacer sino que el lugar influye en el destino.

¿Qué habría que hacer para resolver el problema del narcotráfico en su país? ¿La literatura ayuda? Pienso que el primer paso sería legalizar el consumo, pero no en mi país sino en los países del Primer Mundo, que es donde la droga multiplica su valor. Aunque no sé si somos lo suficientemente maduros para enfrentar un consumo despenalizado y sin control. Y no, la literatura no ayuda a resolver el problema del narcotráfico. Ayuda en la medida en que las personas que leen, creo yo, tienen un mayor conocimiento de la condición humana y eso cuenta a la hora de elegir que hacer con la propia vida. La literatura, a lo largo de su existencia, ha plasmado muchas veces con acierto los errores y las fisuras de nuestra condición como un espejo en el que pueden verse los lectores de todas las épocas.

En Santa suerte, hay unos niños que adivinan números. ¿Un escritor juega a la lotería o no le hace falta, de la literatura se vive la mar de bien? Hay más probabilidades de ganarse una lotería que de vivir decentemente de las ventas de los libros. El panorama no es muy alentador, en realidad nunca lo ha sido. Esto se hace por amor al oficio y nada más.

¿Es supersticioso? ¿Tiene manías o rutinas que no puede eludir? No soy supersticioso aunque a nadie le entrego un salero en su mano. Mi único requisito a la hora de escribir es el silencio. Tampoco puedo hacerlo con frío y siempre escribo en las tardes. En las mañanas tomo café y hago cosas por ahí.

Siente predilección por personajes femeninos y luchadores. La mujer fue protagonista de su Rosario tijeras. ¿A quién evoca? Me siento muy cómodo trabajando personajes femeninos. Creo que tiene que ver con mi entorno familiar, donde casi siempre he estado rodeado de mujeres. Evoco mujeres fuertes de generaciones anteriores, como mi abuela por ejemplo. Y también mujeres marcadas por la violencia o el abandono. Pero en general me gusta contar historias con mujeres porque siento que en el mundo femenino hay más obstáculos, y es precisamente en esos obstáculos donde surgen las historias.

Pedro Almódovar también destaca por fijarse mucho en la mujer. Usted, que ha estudiado cine, si hiciera películas, ¿tendrían nexos con el de él? Me encanta Almódovar. Creo que coincidimos en la fascinación por el mundo femenino. Pero creo que si ahora hiciera películas serían diferentes a las de él, la diferencia la marcarían la cultura y la idiosincrasia. La mujer colombiana es muy diferente a la española. Sin embargo, me encantaría que él pudiera leer Santa suerte o Melodrama, mi novela anterior. Creo que Melodrama es una historia muy para él. Aunque tiene una estructura compleja, él podría adaptarla con acierto.

Varias de sus novelas se han adaptado a la gran pantalla. ¿Qué se siente al ver su obra en manos de otro creador? Me da mucha satisfacción cuando otro artista, de otro género, siente que mis textos lo inspiran para presentar una versión en su propio arte. Me ha sucedido con el cine, la TV, el teatro, la música, la pintura. Pero también hay que tener en cuenta que el origen de todo lo que hago es el cine. Primero fui cineasta que escritor, aunque siempre fui lector, que es el requisito más importante para escribir. Entonces cuando veo las adaptaciones siento que regreso a lo que me motivó a ser escritor: contar historias.

¿Qué sintió al oír a García Márquez decir que usted sería uno de los escritores a quien él querría pasar la antorcha? Fue tan abrumador que pensé que no hablaba de mí sino de alguien más. Conmigo estaba el director de cine Fernando Birry y al verme tan despistado me tuvo que decir: está hablando de ti. Esa frase me llenó de confianza para seguir adelante, la dijo uno de los escritores que mejor conoce el oficio. También fue motivo de orgullo y felicidad pero pronto entendí que era una frase para gozar y olvidar. No quería que se me convirtiera en un elemento de presión para seguir escribiendo.

¿Otro escritor es el mejor crítico de otro escritor? Yo escribo para los lectores y siempre espero que sean muchos, no necesariamente cientos de miles sino muchos. No escribo para la prensa y mucho menos para los críticos, aunque con estos no me ha ido del todo mal. Pero sí pienso en un lector que ya tenga un recorrido amplio en lecturas, que sea exigente y creativo. El lector que no se esfuerza no le hace ningún bien a la literatura. Aunque uno como lector también está en todo su derecho de permanecer pasivo frente al libro. Finalmente lo primero que debe producir toda lectura es placer. Mi relación con prensa, lectores y colegas no es lejana ni cercana y siempre es cordial. Aunque ahora con Twitter y Facebook he podido tener más cercanía con los lectores.

Texto: Inés Granha. Ilustración: Nuria Cuesta.

Jorge Franco: el triunfo de la obstinación