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Mar interior
 
Por Christian Osuna · 
 
I. No podría decir si mis primeras lecturas fueron cómics o novelas. Tampoco ayuda mucho que el primer recuerdo sean las Joyas Literarias Juveniles, las adaptaciones literarias que publicó Bruguera en los setenta. Eran tebeos de grapa que prometían '300 ilustraciones a todo color' como si la cantidad de viñetas fuera un argumento de venta. Y evitando las palabras historieta o tebeo porque no estaba claro, a ojos de maestros y padres, que fueran apropiados para nuestra formación. Pero el mar estaba allí, claro. En El Pirata, de Walter Scott, el Moby Dick de Melville, las 20.000 leguas… de Verne y el Sandokán de Emilio Salgari. Y en otros títulos no tan evidentes, pero inscritos en el género de aventuras pasadas por agua como Un capitán de quince Años, Escuela de robinsones (todo un subgénero el de los náufragos) o Aventuras del capitán Hatteras.
 
II. Luego llegó Corto Maltés, icono de los tebeos desde que empezamos a darles consideración. Su autor, el veneciano Hugo Pratt, parió un personaje taciturno, sagaz, tenaz y, muy a su pesar, emocionante y honesto. Las aventuras de Corto le llevan lejos del mar en muchas ocasiones, infiel testigo y poético trasunto del libertario Pratt, también viajero, intenso, poliédrico y buscavidas. Pero lo primero que se nos viene al olfato cuando pensamos en el buen amigo Maltés es salitre. Huele a la brisa del mar. La primera imagen es la de su rostro en primer término, la mirada oculta bajo la visera de su gorra y la dura sombra que proyecta un sol caribeño abrasador. A su espalda las olas golpean la playa dramáticamente o acarician la arena con la calma tras la tempestad. Tempestades que Corto Maltés habrá sabido capear, y navegar hasta llegar a puerto y desembarcar habiendo aprendido o perdido, algo o alguien, más allá de la línea del horizonte.
 
III. A Tintín le pasa como a Corto, son un género en sí mismos. Uno decía “me gustan los tebeos de piratas, los del espacio o los de la selva”. Pero también podía decir que le gustaba Asterix o le gustaba Tintín. Por cierto, Asterix y Obelix también navegaron lo suyo y con los piratas que infestaban las aguas del Imperio Romano no se llevaba muy bien, si le preguntas a los piratas. O muy bien, si le preguntas a Obelix. Por su parte, el joven belga tenía poco de periodista y mucho de aventurero y su relación con el mar quedaría formalizada cuando conoció al Capitán Haddock en El Cangrejo de las Pinzas de Oro. Juntos serán náufragos en Stock de Coque y buscadores de tesoros en El Tesoro de Rackham el Rojo. Haddock es el paradigma del marino en secano, fuera de lugar, contrapunto torpe e histriónico, que acaba sus días varado en el castillo de sus antepasados, lejos de las mareas y tempestades en las que se desenvuelve con pericia, si está lo suficientemente bebido.
 
IV. Todo empieza y todo acaba en Moebius. Incluso en el universo fantástico y psicotrópico del alter ego seudónimo de Monsieur Giraud, el dibujante del western protagonizado por el Teniente Blueberry. Las aventuras de Arzach, las del Mayor Fatal o las del propio autor (ver Moebius Inside) transcurren en universos y parajes desérticos, donde el mar ni se concibe. El Mayor es un extraño protagonista: cazador, colono, conquistador y creador de sus propios mundos, en El Garage Hermético de Jerry Cornelius intentará resolver el desastre metafísico-cuántico-mecánico que el Ingeniero Barnier provocó en el taller, -o deberíamos decir astilleros- del Sr. Cornelius. No hay olas ni brisas yodadas. Y todo ocurre en un sintético y prístino universo hasta que El Arquero del Destino desencadena con una flecha el tormentoso, barroco y dramático océano que nos aguardaba comprimido en una esclusa… en nuestro interior.   
 

El mar habita en los cómics